Producción porcina y medio ambiente: desmontando mitos con datos y compromiso real

La producción de carne de cerdo en el conjunto del estado a menudo se presenta en el debate público de forma simplista o descontextualizada. Es cierto que la ganadería es una actividad con impacto ambiental –como cualquier sector productivo– pero los datos y tendencias reales muestran un sector en transformación, con reducciones de huella ambiental significativas y una apuesta clara por la sostenibilidad integrada.

España es el primer productor de carne de cerdo de la Unión Europea, cuya cabaña supera los 30 millones de cabezas y una producción anual de alrededor de 5 millones de toneladas de carne. Esto sitúa al sector como pilar industrial y agroalimentario del país, generador de empleo y de valor añadido, con una balanza comercial exportadora positiva que aporta miles de millones de euros a la economía española cada año.

Este volumen, sin duda, comporta un impacto ambiental que hay que analizar con detalle: no debe negarse, pero tampoco exagerar ni falsear, y sobre todo poner en contexto con una mirada basada en datos.

Reducción de emisiones y uso eficiente de recursos

Es cierto que la agricultura y la ganadería contribuyen a las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Según datos oficiales, el conjunto del sector agrícola en España representa en torno al 10% del total de emisiones del país.

En este contexto, una de las cuestiones más debatidas es el impacto de la producción porcina en los gases de efecto invernadero (GEI). Las estadísticas y estudios oficiales muestran que las emisiones del sector porcino han disminuido de forma continuada en las últimas décadas:

Entre 1990 y 2022, las emisiones de GEI por cabeza de cerdo han caído un 43,6%, mientras que las emisiones de amoníaco han reducido un 49% gracias a mejoras en manejo y tecnologías de granja y eficiencia en gestión de su aplicación en los campos de cultivo, entre otros factores.

Los datos oficiales del Ministerio de Transición Ecológica indican que el sector porcino representa actualmente menos del 3% de las emisiones totales de GEI en España, muy por debajo de otros sectores como el transporte (cerca del 30%) la industria (alrededor del 20%) o la energía (con valores cercanos al 15%).

La disminución anual de GEI por kilo de carne es una tendencia continuada: en 2021, se registró una reducción del 4,11% respecto al año anterior.

Además de estos indicadores de emisiones, también se ha avanzado en la eficiencia de recursos:

  • El consumo de agua y energía por unidad de producto ha disminuido sustancialmente por las mejoras en alimentación, manejo y tecnología en las granjas.
  • La valorización de los purines como fertilizantes o en procesos de biogás convierte un residuo en recursos útiles, promoviendo la economía circular.

Estos datos evidencian que reducir la intensidad de emisiones por unidad producida y optimizar el uso de recursos naturales son vectores clave de la transformación del sector. Estas mejoras no se producen para que la producción disminuya, sino porque se optimizan procesos, se reduce el desperdicio y se gestiona mejor la energía y el agua.

Energías renovables y economía circular: factores clave de sostenibilidad

Otra dimensión de la sostenibilidad es la reducción de la dependencia de combustibles fósiles. El sector porcino español ha incorporado fuentes de energía renovable como la solar fotovoltaica, térmica o la cogeneración a partir de biogás derivado de los purines, con numerosas granjas que ya se abastecen ya parcialmente con energía propia.

Este enfoque contribuye a reducir el impacto de CO₂ derivado de la energía consumida y pone en el centro la transición hacia un modelo de producción más limpio.

Triple sostenibilidad: ambiental, social y económica

El compromiso del sector va más allá de la reducción de emisiones: la mayor parte de las organizaciones sectoriales promueven un modelo de “triple sostenibilidad” que integra:

  • Ambiental: reducción de emisiones, eficiencia de recursos y energías renovables.
  • Social: vertebración del territorio rural, empleo estable y desarrollo local.
  • Económica: competitividad, rentabilidad y acceso a los mercados.

Este modelo no sólo busca reducir el impacto ambiental, sino garantizar la viabilidad del sector y el bienestar de las comunidades rurales en las que opera, evitando que las granjas desaparezcan y que el despoblamiento se agrave.

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